martes, 9 de junio de 2020

VUELTA AL CONFORT...



Tres meses de contención y confinamiento y otras acciones previas de presión y hostigamiento no acaban de posponer o mermar esas ganas de emprender y luchar por lo que creo es innegable desde nuestro contexto profesional y en nuestro marco sanitario, la necesaria presencia y participación enfermera.
No me canso de sentirlo, si más de replicarlo, aunque empiezo a entender que la vida laboral empieza su cuenta atrás y no siendo esta lucha de corto plazo, parecería razonable ceder y dejarlo para mayores pudientes, o acabar así en lo que quede por venir.
Ha sido en el duro camino de la profesionalización y pasando por distintas áreas de especialización y desarrollo donde he aprendido lo que llevo en la mochila, y no se acaba de llenar, siento la inquietud constante por aprender de las circunstancias, de los medios, de las oportunidades y sobre todo de las personas que tienen algo que ofrecer y son capaces de compartir. También he aprendido de las otras, de las que no solo no aportan, si no que te deportan y bloquean, o te exprimen, succionan y vampirizan hasta intentar convertirte en “despojo radiactivo” o “residuo tóxico”, una vez utilizado tu producto. De estas últimas se bastante. También de otras especies, pero no es este el capítulo que les corresponde.   
Varias reflexiones para este segundo semestre del 2020 agotados por la sacudida de la pandemia covid19, un fenómeno brutal, expansivo que ha irrumpido en nuestro escenario personal y vital, en nuestro entorno social y laboral, y con mayor o menor carga sobre la ya extenuante presión acumulada. Por aquello de que se ha sentido en el plano personal y profesional como nunca había sido y para varias generaciones, creímos durante unos días y abrazando esperanzas, que la recuperación de la “normalidad” daría lugar a un deseo unánime de generar cambio de posiciones y redirigir las inercias. Aprovechar el momento crisis como momento de cambio para dar oportunidad a todo lo guardado en los cajones, en las carpetas y archivos y otros proyectos, incluso apuntalar aquellas innovaciones que sobre la marcha han dado respuesta a problemas no solo situacionales y de contexto pandémico, si no también necesarias como es el cambio de comportamiento social y sanitario, digamos que no solo por parte del usuario, sino también por los profesionales.    
Sin embargo, se empiezan a sentir las esperadas desilusiones y desconfianzas al respecto, es normal, los momentos álgidos, de crisis y de tragedia recuperan la sensibilidad personal y colectiva y despiertan la solidaridad más expansiva. De esa misma manera en el repliegue de los acontecimientos y la paulatina recuperación, el estado basal anterior, recobra pulso y se readapta la normalidad perdida. En este proceso, quienes aspiraban ilusionados, a un cambio o al menos un giro de tuerca para forzar el siguiente y el siguiente, y otro más, de nuevo cargan con la desilusión por la oportunidad perdida, y obligados en esa tesitura, se reajustan los niveles de participación, cuestionándose si todo ello, además de ser una quimera constante, es una condición mantenida y permitida por falta de condición y peso ético. Parece lógico pensar que si en condiciones de alerta y alarma por coronavirus hemos sabido dar respuestas profesionales urgentes, innovadoras y adaptadas a las necesidades, la reflexión post crisis se hace necesaria para al menos mantener las inercias emprendidas y desterrar las que nos mantenían monótonos y confortables. Por ello y desde una mirada responsable y acorde con la profesionalidad que se nos supone, ¿sería ético volver al lugar y modo de donde nos movimos por una crisis para dar respuestas eficaces, y suprimirlas?, ¿sería ético y profesional hacer borrón y…cuenta vieja, cuando estamos necesitados de cambios y repensamientos estratégicos y operativos?, ¿Qué nos licitaría en una siguiente queja, reivindicación, necesidad, reconocimiento, propuesta, proyecto, participación…?
Analizar lo inservible y duplicado, acortar los procesos y estancias, disminuir la complejidad y diversidad de procesos, la variabilidad en los mismos, potenciar el profesionalismo, la alta resolución para procesos comunes y protocolizados, etc…serviría para sumar eficiencia a un sistema complejo y sobrecargado.
Si cambiamos las pequeñas acciones en el día a día, si asumimos nuestras competencias, las nuestras si, las propias de nuestra profesión, las que descartamos día a día, las que no desarrollamos por inhibición propia o ante el medio, y el miedo también. Las que obviamos por organización no consensuada, por limitación de tiempo, por liderazgos diferidos y obsoletos, las limitadas por falta de visión y oportunidad, las que nos limitan otros por creer que somos dependientes y sumisos, las que obviamos o postponemos por modelos educativos, docentes y de referentes trasnochados, las que descartamos por dictado en organizaciones imperativas y jerárquicas. Las que obviamos por no analizar las necesidades y expectativas de la población, las que subestimamos al restarles prioridad, y las que ignoramos aún por subestimar nuestro desarrollo y sobre todo por dar oportunidad a las que aún no hemos descubierto.
Si cambiamos, si aprovechamos las inercias, si las organizaciones suman y se suman, si el liderazgo se hace cómplice como parte esencial de nuestra identidad, y la unión es factible, la posición será más firme para el desarrollo de una profesión, que pretende favorecer una sociedad más próspera y saludable con nuestra inequívoca y necesaria aportación a la salud y a los sistemas.



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