martes, 26 de septiembre de 2017

EN SUS MANOS


Hay cambios en la vida que te arrastran a situaciones descontroladas. En muchas ocasiones, el timón de tu vida se sitúa en los entornos de trabajo como si un vendaval te atrapara después de pasar por un tsunami. Esta situación no es nada exagerada si entendiéramos lo que es pasar por una enfermedad de pronóstico incierto, de resolución a largo plazo, o de secuelas invalidantes.
Pienso en una breve descripción que @visitadora hizo este domingo, en una nota a través de un twit,  en la que deshilachaba con precisión una circunstancia no poco frecuente por desgracia. Cada una de esas situaciones tiene factores comunes y determinantes y por supuesto también diferenciadores.
Pienso en las veces que estimamos, anunciamos, defendemos y publicitamos, acerca de la voz del paciente, de la intercomunicación, de la escucha activa, del cuidado y la atención pero deberíamos de pensar y reflexionar acerca del fariseísmo que acontece en los ámbitos de trabajo. Ámbitos tóxicos internos de relaciones intra y extradisciplinares, ámbitos enrarecidos que te hartan y te doblegan, que te merman y embrutecen, te desencantan y decantan envileciendo incluso al más entregado. Ámbitos en los que has de arrimar con pulso firme y sin temblores la mediocridad regresiva, la impureza del trabajo alienado, el sometimiento dominante compartido a base de gestión desmedida de emociones y control. Culturas arraigadas y manipuladas para y por beneficios extemporáneos e individuales, formas de hacer lo mismo, de protagonizar y culpar unos, de acusar otros y de advertirte  como extraño, por si tú no lo hubieras percibido. “Madres” y “padres” que ejercen tal cuidadores de causa ajena, pero no permiten que tu autonomía desborde los límites, voraces y acusadores, restrictivos sin horizontes ni metas. Personas y personajes, actores y momos, títeres y lacayos, súbditos y promesas de futuro. ¿Cómo vamos a cuidar con estos “descuidos”?.
Esos ámbitos son duramente agresivos pero también combatibles en su amplio sentido, al igual que lo son, las barreras que obstaculizan las incorporaciones de trabajo tras un proceso largo de enfermedad, de enfermedades limitantes, bien por secuelas, por recuperaciones progresivas o adaptaciones a nuevas indicaciones.
En el contexto referido, y a propósito de la que describe @visitadora, el encuentro con los servicios  de Riesgos Laborales no deja de ser una experiencia dependiendo del interlocutor que ofrezca atención, de su disposición, de su sensibilidad, de su interés y de las capacidades de resolver sin que prime la tan irresoluta ambigüedad. Ciertas apreciaciones y consideraciones definitivas que transponen el entendimiento del qué o porqué de capacidades limitadas requieren, bien cierto es, objetividad y medida escalada, pero desde luego no  devaluaciones subjetivas y prejuicios basados en lecturas y aprendizajes anacrónicos y delatadoramente no renovados, (esto me recuerda a la afición de ciertos profesionales a copiar y pegar).

Pero aún queda un escalón más, dentro de la batalla personal. La situación de distrés, de recuperación emocional, de ordenamiento mental, de recuperación de ritmo no ha empezado aunque lo creas. Reclamar, negociar, sostener y hacer creíble es la encomienda más dura que te envía el infierno. Por si acaso no te habías enterado de lo que valía un peine, o que el rizo puede quedar más compacto de rizado y complejo que puede llegar a ser, la situación puede ser de tan escasa consideración para la administración, responsables de la gestión en sí misma y responsables de proceso que los dictámenes pueden ser interpretados, manipulados, transgredidos y obturados e incluso no solucionados. En el mejor de los casos si llegara a cumplirse, al fin y al cabo la indicación, la norma, la ley…  puedes llegar a sentirte deudor y culpable, si de otro modo fuera, te sentirás vulnerable y vulnerado. Siempre, saldrás perdiendo o renunciando. 





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